jueves, 30 de junio de 2011
Ejercicio 01
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Hubo un tiempo en que jugar en la arena era todo para mí. Recuerdo aquellas tardes persiguiendo a los cangrejos que huían desesperados de mi pala de plástico, tardes enteras de las que ahora quedan tan sólo tres o cuatro fotografías, tomadas por un desconocido. El gris oscuro de los cangrejos se confundía con el de la arena mojada por el mar, pero dibujaba perfectamente su silueta dentro de mi balde de color amarillo intenso. Al atardecer del último viernes del último verano, hice que sus sombras se confundieran con la madera oscura de un cajón de mi ropero. Sus formas se superpusieron y trenzaron como en un calidoscopio hecho de tenazas, caparazones y ojos minúsculos y desorbitados. Yo los empujaba con mi pala cuando formaban un montón y empezaban a asomar por las orillas, los arrimaba al fondo y los observaba recuperar el equilibrio y de nuevo buscar la salida. Durante una distracción uno de ellos logró trasponer el borde del cajón. Lo cogí de una pata, lo arrojé de nuevo al cajón y lo aplasté frente a sus compañeros, pero esto no los hizo desistir, así que antes de echarme en la cama, cerré el cajón y acuñé una toalla en la rendija. Cuando apagué la luz, me quedé escuchando sus movimientos en la oscuridad, las puntas de sus extremidades rasguñando la madera del cajón.
A la mañana siguiente me despertó el hambre, la sensación de tener raspaduras en la piel y un olor raro que invadía mi cuarto. La cama estaba cubierta de la arena que yo tenía pegada a la piel la noche anterior y el olor tenía que venir de los cangrejos en mi ropero. Abrí el cajón, muy pocos se movían. Estaba decepcionado, pero el hambre pudo más. Mientras comía un pan con mantequilla en la cocina, me dije que les iría mejor en la bañera, además de que allí les sería más difícil escaparse. Llevé a los pocos que seguían vivos a la bañera, abrí el grifo y los observé mover ligeramente las patas mientras el agua los cubría. Traté de reanimarlos picándolos con la punta de los dedos pero las patas no tenían ánimo, las tenazas apenas se movían. Al sentir su caparazón tibio, me di cuenta de que fue un error abrir el grifo de agua caliente. Abrí el tapón del desagüe, llené la bañera con agua fría y esperé. Luego de una hora fue obvio que no iban a recuperarse.
Me deshice de los cangrejos muertos en el mar y llené mi balde con arena. Tomó varios viajes traer arena suficiente y agua de mar para cubrir la bañera. Con pequeñas piedras y algas formé un círculo en el centro, para que les sea difícil separarse una vez que los pusiera allí. Hacia el final del día no quedaba un solo cangrejo en la playa frente a mi casa, todos estaban en la bañera, formando una maraña frenética, y podía sentir su olor impregnando mis fosas nasales. Antes de salir del baño, tomé al que parecía más enfermo, lo despedacé y esparcí su pulpa en la bañera para que tuvieran algo qué comer. Yo también tenía hambre. El día siguiente sería el último en la playa, en la cocina ya sólo quedaban unas cuantas manzanas, medio pan de molde y una botella del yogurt. Llevé el pan de molde, un vaso enorme de yogurt y una frazada a la terraza, lejos del olor. Me acomodé en la tumbona y pensé en cómo llevaría los cangrejos a la casa. Le diría a papá que al llegar me compre un acuario; a mamá, que para transportarlos me preste uno de esos enormes envases de comida que ya estaban vacíos. Cuando terminé de comer, me sacudí la arena lo mejor que pude, me tapé con la frazada y cerré los ojos.
La mañana siguiente, el olor era aún más fuerte, la mayoría había muerto. Frustrado, los arrojé uno por uno dentro de mi balde. Los miraba a los ojos y los maldecía. Cuando en la bañera sólo quedaban tres moribundos, me percaté de que éstos eran los menos oscuros, los que se parecían más a la arena seca. Se veían insulsos y delicados, pero no todo estaba perdido. Pasé el domingo buscando cangrejos claros, desde la casa del vecino de al lado hasta donde las olas golpeaban un cerro y ya no se podía ver la mía. Por cada veinte oscuros que cogía y arrojaba al mar, acomodaba uno claro en mi balde. La piel se me irritó, sentía hambre, pero no podía regresar: esa noche mis padres me llevarían de regreso a la ciudad y no volveríamos hasta el siguiente verano.
Al atardecer encontré frente a mi casa un montón de personas que parecían preocupadas, mirando a la puerta de entrada. Algo que parecía una ambulancia estaba estacionada junto a la terraza y a la derecha había una patrulla de policía con las luces encendidas. Me los quedé mirando desde la playa, sin saber qué hacer. Dos señores en uniforme de enfermero sacaron un bulto blanco, largo y corpulento, en una camilla. El que iba atrás me miró y paró en seco y luego todos voltearon a verme. Un hombre con una cámara fotográfica colgada en el cuello se me acercó y me preguntó ni nombre. Se lo dije. Les gritó "¡Es él!" a los demás, cogió la cámara, apuntó hacia mí y accionó el disparador varias veces. Su cara de insatisfacción me hizo pensar que yo había hecho algo malo, pero cuando lo vi arrodillarse frente a mí y mi sombra se interpuso entre el sol y su cámara, me di cuenta de que lo que quería era captar como mi silueta se recortaba contra el cielo encendido del crepúsculo mientras con una mano sostenía mi pala y con la otra, mi balde amarillo repleto de cangrejos.
jueves, 5 de mayo de 2011
Brevedad

Cuentas que un determinado objeto tiene un determinado significado para determinado personaje, pero tu indeterminado lector sabrá dios qué está pensando. Fíjense en este párrafo de El monstruo:
Avanzó por un largo corredor, que tenía un fluorescente verdoso. Al final había una puerta. La tocó. Una mujer mayor le abrió. “¿Viene a tomar un servicio, señor?” Respondió que sí, que cuánto costaba; le dieron el precio; dijo que estaba bien, pagó y lo dejaron pasar a una salita. Había tres chiquillos de no más de catorce años sentados en un sillón. La señora los señaló extendiendo la mano.Al parecer, el principal problema con esta descripción es que no es creíble porque los detalles no son los que notaría alguien que frecuenta prostíbulos, si me guío de la versión de algunos de mis conocidos. Al parroquiano de un burdel ya se le habría arruinado el cuento con este párrafo. ¿Qué hacer? Fíjense lo que hace Georgie en Emma Zunz:
Emma vivía en Almagro, en la calle Liniers, nos consta que esa tarde fue al puerto. Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres.¡Grande, George! "Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres." Listo, se acabó el problema, pasemos a los marineros que la están esperado.
Momentito. Él puede hacer eso porque explica cada paso que da Emma Zunz y qué es lo que tiene ella en la cabeza cuando los da. Tú no haces eso en tu cuento, así que no te puedes dar el lujo de pasar por alto los detalles del prostíbulo.
¿Cómo que no? Has leído ese cuento tantas veces que ya no te acuerdas que uno empieza a saber que se trata de una venganza por la mitad, luego de que ella rompe los billetes.
En primer lugar, algo intuye uno cuando Borges dice "... como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería." En segundo lugar, Borges ya nos ha explicado que Emma es una mujer muy tímida, de modo que no es necesario decir nada acerca de cómo se sentía ella en el bar, con una frase basta.
Si eso no te convence, fíjate cómo Borges describe el lugar al que la llevó el marinero.
El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró.
¿Ves? Nada de fluorecente verde ni largo corredor ni señoras que cobran el 100% del servicio antes de que uno vea la mercadería.
Porque el ambiente Emma Zunz es de horror y todo está contado desde el punto de vista de alguien débil, casi una víctima; ella practicamente está siendo arrastrada por el zaguán, la escalera, etc. En cambio, tu cuento siempre tuvo la intención de ser tenso y desde el punto de vista de alguien que se cree fuerte, un victimario, alguien que da cada paso voluntariamente.
Ya, pero a lo que voy es que uno debe evitar dar detalles que pueden resultar falsos para lector; este es un modo.
Insisto. No se puede separar el cuento del modo en que está contado.
Y no se puede separa la mente del cuerpo en que funciona, per...
Me estás dando la razón.
¡No! Estoy diciendo que...
Y ahora te contradices.
¿Cómo?
Suficiente. Dame cinco.
¿Qué?
¡Haga cinco flexiones, soldado!
....
Tonto.
lunes, 2 de mayo de 2011
El peligro de publicar tu trabajo (II)

Sábato en "El escritor y sus fantasmas", página 16:
Por qué dejo transcurrir tanto tiempo entre El Túnel y Sobre héroes y tumbas? ¿No le gusta escribir novelas?
No. Me atormenta mucho, no es un goce ni un pasatiempo. Y aunque respeto a los que escriben todos los días y publican todos los años, yo no puedo hacerlo. No puedo sino escribir sobre las grandes crisis que atravesamos en nuestra existencia, esas encrucijadas en que nuestro ser parece hacer un balance total, en que reajustamos nuestra visión del mundo, el sentido de la existencia en general. Esos periodos del hombre son pocos, muy pocos: el fin de la adolescencia, el fin de la juventud, el fin de la vida. Lástima que no pueda darse el testimonio final. Ahora bien, lo que pasa es que todos hacemos muchos bocetos para esos cuadros cruciales. Y algunos los publican. No sé si tienen razón o no, pues podría ser que en un boceto demos con más espontaneidad o soltura lo que luego creemos dar más cabalmente en el cuadro final. No lo sé, pero lo que sé es que yo no me siento inclinado a publicar todas esas experiencias intermedias: por modestia o por arrogancia. Por otra parte, si genios como Stendhal han dejado un par de libros, si un portento como Cervantes pasa a la historia del arte con una sola novela ¿por qué exigirle diez o veinte o cincuenta a escritores menos garantizados? En lo que a mí se refiere, me daré por satisfecho si antes de morirme logro escribir una novela que resista el tiempo.
Bueno, ¿y por qué exigirse a uno mismo media línea?
Mejor hagamos como un conocido mío: dado que no es posible conocer la realidad, malinterpretemos a nuestro favor: por malo que sea un cuento, nunca es tan malo como para que sea recordado por eso durante más de una generación. Y si eso no es suficiente, hombre, siempre puede caer un meteorito, ¿no?
martes, 26 de abril de 2011
Énfasis

Este es un problema que se sufre a diario. Hace años le expliqué a alguien que la forma de arreglar rápidamente los datos dentro de su proyección de ventas es identificar a quién se le van a enviar: si se trata de Logìstica, el detalle debe estár en unidades de venta y por centro de distribución; si es para finanzas, puede ser sólo en dólares. "Dependiendo de quién va a ver la información, nosotros ponemos el parche." Para qué dije eso. Lo único que escuchó fue la palabra "parche". "Esto no es un parche, es nuestro presupuesto anual de ventas, hecho con seriedad por mis vendedores". No es que esta persona fuera irracional, es que lo normal es hacer estas asociaciones. Para darse cuenta sólo hay que ver las fotos de los candidatos en campaña.

Bien lo dijo Hitler en Mi lucha, capítulo doce:
"El rojo fue el color elegido; era el más provocador y el que naturalmente más debía indignar e irritar a nuestros detractores, haciéndonos ante ellos inconfundibles por otra razón."
¡¡¡OH, NO, LUCHÍN ESTÁ COMPARANDO A HUMALA CON HITLER!!!!
¿Ven lo que digo?
Y Jesucristo comparaba a los ricos con los camellos. Comparable no significa equivalente, análogo no significa igual.
Pero mientras no pueda accederse a Amazon desde Vulcano o yo aún no haya alcanzado la credibilidad de J.C., habrá que tomar en cuenta este problema. Pásenme mi polo blanco, por favor.
lunes, 11 de abril de 2011
Abajo la autoayuda
Caroline Casey: Looking past limits
La señorita se da cuenta a los diecisiete que es legalmente ciega. No puede ver más allá de dos metros, pero se da cuenta a los diecisiete. ¿Cómo así? Por que sus padres se encargaron de ocultárselo. ¿Se imaginan cuantas mentiras y engreimientos tienen que haberle hecho? ¿Cuántas veces han tenido que conspirar con todos sus conocidos o familiares para crear alrededor de ella una burbuja en la que una verdad fundamental sobre ella es pasada por alto? Esta nena ha sido mimada de una manera que de tan sólo pensarlo ya dan náuseas, pero no, la lección que debemos aprender es que no hay que ponerse límites. ¿Por qué la lección no es que hechar a perder a un niño, convertirlo en un niño mimado, lo hace creer que tiene derecho a todo y lo hará exigir constemente todo de todos? De hecho, conocí a un tipo así. Empezó de bien abajo, terminó bien arriba. El chiste le duró diez años; según Maquiavelo, es lo mismo que hacía Julio II: ¡adelante, adelante, adelante! Funciona mientras no se te ponga alguien adelante.
¿Ya sabrá que Papá Noel no existe? Me encantaría ver el biopic de esta señora en manos de los hermanos Farrely.
jueves, 7 de abril de 2011
Mi problema con las descripciones (VI)
Borges en El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké:
Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial, los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.
Me encanta, evita algo que visto muchas veces: pérdida de velocidad en la descripción de escenas de acción.
Ahora en cámara lenta.
Planteo de la situación: Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. No pasar por alto que agrega un rasgo al carácter de los samurais: el hijo del capitán murió y eso no detuvo a éste en lo que ocurrió después.
La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida:
¿Para qué nos dice esto en vez de describir el ataque?
el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial, los impudores y desórdenes de la muerte.
(Creo que una flecha impactó en el asiento a mi lado). Nos dijo el párrafo anterior (bueno, así es como yo lo entiendo) para que no reclamemos por la mención de los hechos. No nos dice qué está pasando (¿cómo podría, si no ha descrito a nadie más que al capitán?) sino que menciona imágenes de lo que sería una secuencia de acción. “Para qué se los cuento si esto ha sido descrito un montón de veces; ustedes van a encontrar las imágenes en su cabeza sin mucho esfuerzo”, parece decirnos Borges.
Epílogo de la escena: Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó. “..toda resistencia cesó” Con tres palabras se acaban de destripar un número indeterminado de samuráis enemigos.
Algo que siempre me ha sorprendido de Borges: Ché, Georgie, decime: ¿Cómo hacés para saltar de una escena a otra? Respuesta: Pues saltando, no más. Si hay suficiente fuerza en la línea anterior, nadie te va a preguntar por qué caíste donde caíste, sólo van a tratar de entender qué está pasando.
Pues a ver cómo sale.
miércoles, 6 de abril de 2011
Sobre por qué hay que saquearlo todo (II)
M.D. -(...) No sabía que iba a ser escritor.
M.G. -¿Y cómo lo supo; y cuándo?
M.D. – Se me ocurrió un día, de casualidad. Yo leía a Borges, lo admiraba mucho, y una vez leyendo una frasecita de él que dice que con Bioy Casares discutían si era posible escribir una historia atroz, empecé a imaginarla yo. Y tenía en mente la idea de Canegato y Rosaura, pero apenas una idea para un cuento. Y en esos días leí en el diario “Noticias Gráficas” que había un concurso de novelas con 30.000 pesos de premio. Era el año 54 y usted en ese entonces con ese dinero se iba a Europa y se quedaba allá tirando manteca al techo. Entonces me dije que esa idea de Canegato y Rosaura podía ser una novela.
M.G.- ¿Tan sencillo fue, Denevi?
M.D.-Sí. Yo acababa de leer “La piedra lunar” de Wilkie Collins y le copié la técnica. La verdad es que se la copié completamente: todas esas versiones sucesivas que terminen con una revelación final (...)